Sin plomo de noventa y ocho
Se encontraron en aquella gasolinera abandonada junto a la carretera abandonada junto al cañón, más bien frente al cañón junto a los cien metros de caída vertical. Como en Thelma y Louise, susurró ella en sonrisa de pena de muerte, los dedos rizándole la nuca; como Bonnie and Clyde, pensó él mientras se quitaban la ropa en corazonadas mientras se follaban a destierro sobre el capó de un Mustang mientras se arrancaban la piel en el polvo de la piel del desierto. Después del sudor sonrieron, sabiendo que si esto hubiera sido una historia de amor ya hubieran mordido el final perfecto, y comenzaron a enumerarse las cicatrices, sus intermitentes amores de fogueo.
Ella: asalto a mano descubierta a la comisaría del último pueblo el comisario en calzoncillos se cagaron dos oficiales se callaron las taquígrafas dejar las paredes de rojo sangrante dejar todavía una bala en la recámara y salir silbando una canción que no era de amor ni todo lo contrario en la radio de un coche patrulla.
Él: corrupción en primer grado del geriátrico con un viejo magnetofón las viejas los viejos bailando una canción que no era del todo un rock ni todo lo contrario revuelta en el parvulario con un disco rayado el alcalde el teniente de alcalde la corporación municipal en pleno decretando la muerte anunciada de su mandato la anarquía local las elecciones anticipadas y un punto y aparte para que respire el lector.
Así que los dos con la policía a las espaldas del fin del mundo, asomando por las curvas del desfiladero levantando el polvo de la piel del desierto las sirenas los megáfonos arriba las manos no hagan ningún movimiento en falso o saldrá / en verso / la instantánea de su fusilamiento.
Así que ella terminó su cigarro y lo arrojó contra uno de los surtidores, que nunca habían terminado de vaciarse de gasolina. O él la cogió de la mano, la metió en el descapotable, se lanzaron al vacío mientras cantaban Born to be wild. O dieron la vuelta, maldita sea, que les jodan, sacando sus pistolas por las ventanillas bajadas los centímetros exactos para asomar dos pistolas y las ganas de romper con todo.
O quizá simplemente se entregaron y aún están a la espera de juicio en la sala de lo penal. No lo sé ni voy a dar más pistas sobre ello, no sea que por los robos y los crímenes y los polvos de mis títeres me acaben juzgando a mí mismo y termine mis días encerrado // en una columna quincenal.
Ella: asalto a mano descubierta a la comisaría del último pueblo el comisario en calzoncillos se cagaron dos oficiales se callaron las taquígrafas dejar las paredes de rojo sangrante dejar todavía una bala en la recámara y salir silbando una canción que no era de amor ni todo lo contrario en la radio de un coche patrulla.
Él: corrupción en primer grado del geriátrico con un viejo magnetofón las viejas los viejos bailando una canción que no era del todo un rock ni todo lo contrario revuelta en el parvulario con un disco rayado el alcalde el teniente de alcalde la corporación municipal en pleno decretando la muerte anunciada de su mandato la anarquía local las elecciones anticipadas y un punto y aparte para que respire el lector.
Así que los dos con la policía a las espaldas del fin del mundo, asomando por las curvas del desfiladero levantando el polvo de la piel del desierto las sirenas los megáfonos arriba las manos no hagan ningún movimiento en falso o saldrá / en verso / la instantánea de su fusilamiento.
Así que ella terminó su cigarro y lo arrojó contra uno de los surtidores, que nunca habían terminado de vaciarse de gasolina. O él la cogió de la mano, la metió en el descapotable, se lanzaron al vacío mientras cantaban Born to be wild. O dieron la vuelta, maldita sea, que les jodan, sacando sus pistolas por las ventanillas bajadas los centímetros exactos para asomar dos pistolas y las ganas de romper con todo.
O quizá simplemente se entregaron y aún están a la espera de juicio en la sala de lo penal. No lo sé ni voy a dar más pistas sobre ello, no sea que por los robos y los crímenes y los polvos de mis títeres me acaben juzgando a mí mismo y termine mis días encerrado // en una columna quincenal.
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